El escándalo de la farmacéutica

Jean Pierre Rodin encendió la tele al llegar a casa tras una jornada trabajando en su relojería, sintonizó TeleBilbao y se dispuso a entretenerse. Sin embargo algo le sorprendió: un hombre que gesticulaba y movía los brazos llevaba un Rolex idéntico al de su abuelo. Rápidamente conectó el grabador del home cinema para registrar la escena, una manifestación de trabajadores de Laboratorios farmacéuticos Sanofi en la plaza Moyúa. Luego, con la destreza tecnológica que le caracterizaba, imprimió un fotograma en el que se apreciaba con nitidez la cara del misterioso portador del Rolex. No podía ser casualidad, aquel hombre había heredado el regalo que su abuelo Alberto recibió como pago por su silencio.

Jean Pierre había venido de su país, Francia, hacía diez años, en el 2006, cuando contaba veinte primaveras. Hablaba castellano fluidamente aunque con acento. Le había costado algo acostumbrarse al ambiente de Bilbao, pero últimamente lo llevaba mucho mejor. Estudió bachillerato en Burdeos y, ya una vez en la capital vizcaína, una FP2 de joyería. Su familia por parte de madre era vasca, su abuelo, con quien había estado muy unido, había trabajado en Sanofi como investigador durante treinta años; su abuela, moderna para la época, trabajó en una relojería que acabó siendo de su propiedad llegada la democracia. Dicho negocio pasó a manos de su madre, y finalmente a las suyas.

Tras un sueño reparador, amaneció dispuesto a investigar todo lo que pudiera sobre su abuelo. Su madre le había contado que había sido un gran investigador, pero que nunca estuvo en el sitio adecuado.

En una carpeta del despacho guardaba todo lo de sus padres. Entre partidas de nacimiento, documentos de propiedades y transacciones había muchas cartas. Picado por la curiosidad fue hojeándolas, absolutamente transportado, hasta que encontró una en la que alguien había escrito “Reloj”.

Sanofi me ha regalado hace quince años un Rolex con la inscripción “Sanofi a Alberto”, a cambio de mi silencio sobre unos informes de efectos secundarios de un medicamento. Nunca dejaré de arrepentirme de esto, porque cientos de pacientes han podido perder la vida. El reloj me ha desaparecido recientemente. Sospecho de una de mis amigas.

Se preocupó al instante: así que era verdad que el antiguo investigador de Sanofi había encubierto un escándalo. Cuántos secretos más se habría guardado aquel hombre. Reflexionó por un momento, y sintió una honda punzada de culpa. Con los muertos ya nada podía hacerse, pero los vivos merecían ser compensados de alguna manera. A veces todo parecía fruto del azar pero quizás la reparación de las penas de su abuelo se habían aplazado hasta él. Para conseguirlo, debía denunciar la corrupción de los estudios de Sanofi, y para ello debía encontrar la prueba que faltaba. El reloj con la inscripción.

Tenía la mente un poco confusa, pero no tardó en verlo todo muy claro. Recogió algunas cosas y se preparó para salir. Iba a encontrar al hombre del reloj, como si tenía que gritarlo a los cuatro vientos. Salió a la calle y enfiló hacia el laboratorio de Sanofi, en el parque tecnológico de Zamudio. Para ello, buscó la ruta en Moovit y cogió un Bizkaibus en la plaza Moyúa, el centro neurálgico de Bilbao, concretamente el A3224. Media hora después ya estaba en la parada del parque frente a Euskaltel. Desde allí hasta las oficinas de la farmacéutica había unos siete minutos a pie.

Jean Pierre recorrió la distancia que separaba la parada del autobús de su objetivo con paso muy firme, sintiendo la brisa del aire hinchar su camisa y el olor a industria ligera impregnar sus fosas nasales e inundar todo de un olor ocre como a vainilla y almizcle.

No se trataba de un paseo, sino más bien de una misión. Tenía como fin encontrar una reliquia del pasado, que escondía la historia de un caso de corrupción cuyo protagonista era su abuelo.

Aligeró el paso, y por fin llegó a Sanofi. Tocó el timbre. Le abrieron la puerta. Estaba jadeando. Subió unas escaleritas de entrada y esperó en una sala a que lo llamaran.

  • Señor Rodin, puede venir.

Pasó a una nueva estancia no tan espaciosa como la de espera. Estaba nervioso, sentía su pulso acelerado y la foto doblada en el bolsillo de su camisa. Era un día caluroso de una época que podríamos calificar como de nuevo verano. Le atendió un chico enjuto, engafado, enfadado; a evitar.

  • ¿Qué desea? – le espetó el chico

  • He venido a buscar a un hombre que me debe algo – respondió cortésmente.

  • ¿De quién se trata?

  • De este – enseñó la foto.

  • Siento no poder ayudarle, no conozco a este hombre y de todas formas no ofrecemos información de nuestros empleados, salvo requerimiento judicial.

  • No es información lo que busco, sino poder hablar con él. Si no puede ayudarme…

  • …lo siento de veras – dijo con una evidente falta de sinceridad.

Salió de la sala conmocionado, aquello no iba a resultar tan fácil. Sentía todas sus esperanzas desvanecerse. Necesitaba pensar, planificar, así que volvió a su casa.

Tras prepararse bien, salió de casa rumbo al cementerio, en Derio. Quería hacerle una visita póstuma a su abuelo Alberto. Ya frente a su tumba, inició un monólogo:

  • Abuelo, no debiste venderte a Sanofi.

  • Quiero honrar tu nombre, pero también enmendar tus pecados, y este es gordo porque ha muerto gente.

  • Voy a descubrir lo ocurrido y denunciarlo en los medios de comunicación, y si es posible, también ante la justicia.

Abandonó el camposanto y se dirigió a una ONG donde era voluntario. Más tarde volvió a su casa. Entonces tuvo una idea.

JP pertenecía a una época en la que lo que no estaba en internet, simplemente, no existía. En los múltiples foros de la red de redes se trataba todo tipo de temas, incluyendo la literatura. Entonces, pensó, quizás haya un foro propio para Sanofi. Y sí, lo había. Navegó por el foro, que al parecer era mantenido por un empleado de la compañía, y no hacía atisbo de crítica, sino dar a conocer a la misma. Allí había numerosos empleados.

JP lanzó su mensaje:

Ruego que me indiquen si conocen a este empleado de Sanofi, y me pongan en contacto con él. [foto]

Esperó durante varias horas y revisó el buzón de entrada. Nada. Al cabo de un rato volvió a mirar. ¡Un mensaje! Caramba, qué bien. Lo abrió y lo leyó.

Hola,

se trata de Jonatan. Trabaja en la sección C del laboratorio. jonatanc@sanofi.es

Un abrazo,

Rut

Jean Pierre decidió enviarle un email con la siguiente pregunta:

Estimado Jonatan,

creo que puedo ser el propietario de ese Rolex que lleva, que perteneció a mi abuelo hace cincuenta años. ¿Podrías contactar conmigo? Mi teléfono es 555 34 24 92.

Un saludo,

Jean Pierre Rodin

Tendría que pasar un día hasta que Jonatan lo llamase, mientras tanto, repasó mentalmente sus opciones. Se sentía cansado y confundido, su cabeza no trabajaba a su velocidad normal. Intentó calmarse, y optó por una cerveza, que lo aturdió un poco sin reducir su negativa sensación.

Fue a trabajar, todavía resacoso. Entre relojes y joyas se hallaba a gusto, aunque ese día no podía concentrarse completamente, sino que estaba en un estado de angustia total, pensando en el reloj de su abuelo.

Había dos opciones obvias. El reloj podía ser o no de Jonatan, pero ¿qué pinta un trabajador corriente con un Rolex? Y, por otro lado, la historia del robo del reloj le parecía cada vez más descabellada, como si algo no encajase.

Esa noche durmió con ganas, habiéndose tomado por lo menos cuatro cervezas, amaneció al día siguiente abotargado, resacoso, hecho polvo. Tantas horas de sueño no lo habían reparado nada. “Dejaré la bebida”, pensó, no por primera vez.

El móvil empezó a sonar. Jean Pierre descolgó y comenzó a hablar con su interlocutor. Tras un breve pero intenso intercambio de palabras, colgó.

Era Jonatan. Lo llamó para decirle que el reloj se lo había dado su madre, y que ella lo heredó de su abuela. Que ahí se perdía el rastro, pero que era posible que JP tuviera razón, y la abuela de Jonatan se lo hubiera robado al abuelo de Jean Pierre, porque ponía “[…] a Alberto”. Faltaba una parte de la inscripción, borrosa por el paso del tiempo y la mala conservación con la acidez del sudor. Añadió que si quería podía recuperarlo, que él se lo entregaría en persona si lo deseaba. Negociaron un precio, en una dura conversación telefónica que duró horas. Quedaron en el parque de los patos junto al estanque a las cuatro de la tarde.

Monsieur Rodin se puso en marcha, y caminó hasta el parque. Allí vio al científico con un paquetito. Se acercó y se saludaron.

  • ¿Has traído el reloj?

  • Sí, claro. ¿Has traído el dinero?

  • Por supuesto. Puedes contarlo si quieres…

  • A ver… está todo. Gracias. Toma el reloj – se lo dio.

  • Gracias. Hasta luego.

  • Hasta luego.

Volvió a casa y abrió el paquete. No tenía motivos para desconfiar del hombre, al fin y al cabo se había portado muy bien. Tan sólo se planteó la necesidad de revisar bien el aparato para descubrir cualquier rastro que le pudiera dar una pista de lo que ocurrió. Alguna inscripción diminuta, cosas así. Pero no encontró nada. Atacó el metal con productos químicos para quitarle capas de roña. Finalmente las palabras “de Amanda a Alberto” emergieron al dorso del aparato. Amanda era la abuela del investigador de Sanofi. ¿Cómo interpretar eso? Sólo se le ocurría una explicación, y le aterraba. Que todo fuera un invento de su abuelo, aquejado de alzheimer en la última etapa de su vida.

Comenzó a sentirse vacío, mientras veía la realidad con otros ojos, los de alguien que había entrado en razón por los hechos que observaba. No tenía ya prueba alguna de tal corrupción en la farmacéutica, por lo que debía presumir su inocencia.

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